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Una noche en El Lago · · · · · crónica de Covadonga de Quintana
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El pasado mes de mayo, en el marco de las fiestas de San Isidro, tuvo lugar la puesta en escena de "Una noche en el lago", una producción de la cubana Loipa Araujo que incluyó extractos de los actos I y IV, y los actos II y III de El lago de los cisnes.
Grandes expectativas. Tamara Rojo y Carlos Acosta en la cabeza del cartel no es ninguna broma. Después de la magnífica actuación que nos regalaron el año pasado en el Festival de El Escorial con "Romeo y Julieta" no es extraño que los madrileños respondieran a las expectativas con ansia: se terminaron las entradas en quince minutos.
No soy yo muy amiga de las representaciones de ballet al aire libre. Creo que las grandes ventajas que proporciona un teatro a un espectáculo como este se pierden en el espacio. Sin duda alguna, resulta muy sugerente bailar El lago sobre un lago, pero la magia y la sensación de intimidad que tienen el público y los propios bailarines con una iluminación y un atrezo adecuados que permiten el acceso disimulado y a veces sorprendente de los personajes al escenario se dispersan en parques o polideportivos. ¡Qué sería de "La Sílfide" sin chimenea, de Giselle sin tumba o, en este caso, de la «aparición» de Odette en la fiesta de compromiso de Odile y Sigfrido sin las luces y las sombras de un escenario teatral! |
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Es verdad que la plataforma y la pasarela que se montaron sobre el estanque del parque del Retiro en un intento de evocación de los espectáculos acuáticos que se celebraron en la época de Felipe II resultaron muy bonitas, el marco era incomparable. Y es verdad que deberíamos ser más flexibles en este caso, dado el éxito de los promotores de la función en la congregación de público que, de nuevo, dejaron mal a los que llevan una eternidad empeñados en que en España no gusta el ballet, pero la puesta en escena no ayudó al lucimiento del espectáculo.
Lo peor
Los efectos de iluminación: los focos bajos que iluminaban las piernas de los bailarines, las luces de color malva que parecían robadas a la fuente de La Cibeles y al palacio de Correos y que resultaron excesivas y un tanto estridentes. La retransmisión en Telemadrid: el realizador se esforzaba por perseguir a los bailarines por el escenario, pero se movían más rápidamente de lo previsto; la grabación a traición de los bailarines por la espalda, el ballet se diseñó originalmente para verse de frente, ¡por favor! El vestuario: tras la segunda revolución que se ha producido después de la que lideró Diaghilev a principios del siglo XX en el diseño del vestuario para ballet por Franca Squarzafigo, Christian Lacroix y compañía, los disfraces que vistieron los bailarines rusos resultaron pobretones y anticuados.
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Lo discreto
La compañía de Ballet de Lituania, que no estaba mal, pero no terminaba de cuajar. Mis preferencias en cuanto a escuelas de ballet se refiere van por otro lado, aunque siempre he admirado el modo en que los rusos bailan las danzas de carácter, lo llevan en la sangre, es algo natural. Pero las partes líricas de El lago no estaban realmente conseguidas, quizá faltó ensayo. La producción tampoco estaba mal pero no terminaba de convencer. No estoy pensando solamente en que no se presentó el ballet completo. Creo que eso no importa ya que no afecta al guión, pero puede tener ciertas implicaciones estéticas. Por ejemplo, se prescindió de la parte más bonita, en mi opinión, del acto IV: los cisnes au tour de la salle, developpé, developpé... Estoy además pensando que personalmente prefiero la versión cruda de El lago en la que se mueren o Sigfrido solo o Sigfrido con Odette y no la descafeinada con final feliz y perdices. Estamos ante un ballet romántico, aunque romántico tardío, no lo olvidemos. Lo mejor
Y la verdadera razón de ser de este artículo: Rojo y Acosta o Acosta y Rojo. Resulta magnífica la complicidad de esta pareja, la energía que transmiten, la plasticidad y la continuidad de sus movimientos. |  |
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Con ellos se apreció lo mejor de la coreografía de Petipa e Ivanov: el vivo contraste entre el romanticismo blanco del segundo acto y el virtuosismo académico del tercero; las líneas interminables del pas de deux del segundo acto versus las líneas cortadas del pas de deux del tercero; la intimidad del segundo acto versus la expansión del tercero. El blanco y el negro.
Se trata de un ballet que requiere de la protagonista femenina gran versatilidad. Pasar de ser un pobre cisne atrapado e ilusionado por una promesa de amor a ser una pérfida y falsa actriz sin escrúpulos en el rato que dura un descanso es mucho pedir. Ya se ha hablado sobradamente de las dotes interpretativas de Tamara Rojo, pero puedo repetir que domina los dos personajes. Me quedo con eso. Me quedo con eso y con el giro de Tamara (con su serie de fouettés, simple, simple, ¡triple!), con sus pies, con su equilibrio inacabable; con el maravilloso ballon de Acosta, con su magnífico plié y, sobre todo, me quedo con la preciosa imagen (ahora sí, realizador) de Tamara y Carlos cuando, todo acabado, se marchan por la pasarela con paso ligero como dos amigos que hablan de sus cosas después de una dura jornada de trabajo.
Para fotoescena,
©2007Covadonga de Quintana
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| Todas las fotos y texto de este reportaje han sido realizados en exclusiva para www.fotoescena.net. © Jesús Vallinas - Prohibida la reproducción total o parcial de las imágenes sin el consentimiento escrito del autor. Todas las citas del texto deben contener un link a la página que se menciona. |
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