Una pareja de lujo· · · · · crónica de Iratxe de Arantzibia

En las fotos, diferentes instantes de la representación de "El Lago de los Cisnes", en el Palacio Euskalduna de Bilbao, así como de los protagonistas en sus camerinos antes de la función.- NR

 

El Ballet Nacional de Lituania, con Igor Yebra, (Bailarín Estrella del Ballet de la Ópera de Burdeos), y Alicia Amatriain, Bailarina Principal del Ballet de Stuttgart, al frente, recaló en los escenarios bilbaínos en su gira española, con motivo del 130º aniversario del estreno de la primera versión de “El Lago de los Cisnes”. El Auditorio del Palacio Euskalduna acogió la representación del clásico de Petipa-Ivanov, programada por la Asociación Bilbao Ballet Elkartea (ABBE), dentro de su compromiso por la creación de una temporada estable de ballet en la capital vizcaína.

La compañía lituana presentó una versión muy fidedigna al clásico ruso, con alguna actualización de la mano de Sergeyev. A destacar, el trabajo del dúo Amatriain-Yebra, quienes no habían bailado juntos con anterioridad, creando una pareja de bella factura y dando muestras de un buen acoplamiento mutuo. Además de la calidad de la pareja protagonista, el hecho de jugar en casa creó un clima muy especial, tanto que el bailarín bilbaíno y la intérprete donostiarra fueron recibidos con sendas ovaciones, nada más poner un pie sobre el escenario del Euskalduna. Dos horas después, tras haber disfrutado del clásico más insigne del ballet, el público respondió con una calurosísima salva de aplausos, para premiar el buen trabajo del dúo protagonista, completado con un digno Ballet Nacional de Lituania.

El Lago

Los anales de la historia del ballet registran la primera versión de “El Lago de los Cisnes”, estrenada en Teatro de Bolshoi de Moscú, el 20 de Febrero de 1877, como un clamoroso fracaso. Sin embargo, ello no es óbice para que por todo el orbe se extiendan las celebraciones por el ciento treinta aniversario del estreno de la obra más representativa del ballet. De hecho, no fue hasta la cuarta versión –estrenada el 17 de Febrero de 1894-, de la mano de Marius Petipa y Lev Ivanov, cuando se convirtió la célebre pieza en paradigma de lo balletístico. Siendo una obra de gestación de la escuela rusa, poder disfrutar de un ‘Lago' realizado por una compañía ex soviética es asegurarse de recibir el clásico de las fuentes originales. Por eso, la versión de Sergeyev no hace sino quitar levemente el polvo a la obra centenario. En el trabajo del Ballet Nacional de Lituania, se percibe la robustez y el rigor de la escuela que está detrás. Sin embargo, debido a la trama, adquiere una presencia especial la bailarina que da vida al rol dual Odette (Cisne Blanco) y Odile (Cisne Negro). También, su contrapunto masculino, el codiciado príncipe Siegfried tiene una labor importante, a saber, ser un buen partenaire de ambos ánades, porque la obra en sí permite poco lucimiento del viril aristócrata.

 

En este sentido, la actuación de Igor Yebra y Alicia Amatriain permitió ver en escena a una pareja muy equilibrada y acoplada. En cuanto el étoile bilbaíno tocaba y miraba a los ojos a la intérprete donostiarra, ella fluía con una energía especial, consiguiendo bellos pasos a dos. Si hubiera que escoger un personaje del rol dual Odette/Odile, Alicia Amatriain resplandecía de manera especial como Odette/ Cisne Blanco, imprimiendo a su interpretación un lirismo de gran calado. Como Odile/ Cisne Negro, la donostiarra salió airosa de la prueba, aunque no arrebató al personal con igual habilidad que en su rol blanquecino. Elegante, servil y generoso, Yebra firmó un buen trabajo como partenaire estando al quite en todo momento, para conseguir un buen lucimiento de Amatriain. El resultado fue un agradable espectáculo, en el que el público asistente pudo disfrutar del clásico por excelencia, con una compañía adecuada, el Ballet Nacional de Lituania, y con una pareja de lujo, Igor Yebra y Alicia Amatriain, cosa de agradecer ante la escasa oferta de clásico en las programaciones culturales. Además, esta versión de “El Lago de los Cisnes” opta por el final feliz. Por eso, la historia entre el príncipe Yebra y el cisne Amatriain termina bien, tras vencer al malvado Rothbart. Aunque la felicidad fue mayor por los más de cinco minutos de aplausos de un entregado público.

Para fotoescena, ©2007 Iratxe de Arantzibia

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Igor Yebra, "A mi manera"

El agridulce precio pagado por su libertad artística es un sabor que paladea diariamente con el deleite de quien ha sabido ser fiel a sus principios. Persona de carácter y con unos planteamientos vitales muy arraigados, Igor Yebra (Bilbao, 1974) tuvo claro su deseo de ser bailarín. Claro que de casta le viene al galgo. Sus padres, Adolfo y Mila habían hecho sus pinitos en el mundo de la danza. De hecho, debe su nombre a la melomanía de sus progenitores, quienes le llamaron Igor en recuerdo de la ópera de Borodin, “El príncipe Igor”. La mente preclara de sus padres fue la primera en intuir dos elementos definitorios de su vástago menor. Príncipe e Igor son dos términos que encajan a la perfección en este bailarín de hechura principesca, cuya especialidad son los roles líricos. Además de la danza, su primera y primordial pasión, dos son las otras devociones de Yebra: el fútbol, más concretamente, el Athletic de Bilbao, el equipo de sus amores y que tantos sinsabores ha ocasionado en los últimos tiempos a su afición, y la cultura rusa. De hecho, uno de sus grandes hitos profesionales lo vivió en la capital rusa. Cuando el 15 de enero de 2004, las seis mil personas que abarrotaban el Palacio de Congresos del Kremlin aplaudieron hasta el delirio su interpretación en “Iván, el terrible”, Igor acarició un instante de efímera felicidad, convirtiéndose en el primer bailarín no ruso que encarnó este rol creado por Yuri Grigorovich.

Con apenas catorce años, un jovencito Igor se trasladaba a Madrid, para formarse en la escuela de Víctor Ullate. De 1987 a 1996, compatibiliza sus clases de danza con la participación en el Ballet del maestro aragonés, en el que ostentó el cargo de ‘Primer Bailarín’. En aquella época, formó una pareja artística muy elogiada junto a María Giménez. Perteneciente a la primera generación de la ‘factoría Ullate’, compartió clases, espectáculos y giras con otros monstruos españoles de la danza como Tamara Rojo, Bailarina Principal del Royal Ballet, Ángel Corella, Bailarín Principal del ABT, Lucia Lacarra, Bailarina Principal del Ballet de la Ópera de Munich, Joaquín de Luz, Bailarín Principal del New York City Ballet, Carlos Pinillos, Bailarín Principal de la Companhia Nacional de Bailado de Portugal y un largo etcétera. Poco a poco, los pupilos de Ullate, salvo la fiel Ana Noya, fueron abriéndose camino lejos de su maestro y mentor. Con “Giselle” como única obra clásica en su haber, Igor sintió la necesidad de ampliar su repertorio. Así apareció la palabra freelance en su vocabulario, lo que, en términos reales, se tradujo en etapas de intenso trabajo y múltiples viajes por todo el orbe. Tras una etapa de fogueo en el Australian Ballet (1997-1999), aparecieron sus colaboraciones estables con el Ballet de la Ópera de Burdeos y con el Ballet de la Ópera de Roma. El 31 de diciembre de 2006, vivió otra jornada feliz en lo profesional, al ser elevado a la categoría de étoile de la Ópera de Burdeos, compañía dirigida por Charles Jude. Sin duda, una forma inmejorable de recibir el nuevo año.

No es un hombre de premios ni de distinciones, aunque las agradezca. En su haber, el Gran Premio de Eurovisión para jóvenes bailarines (1991), el Premio Danza&Danza de Italia (1996) y el galardón del Concurso de Maya Plisetskaya en San Petersburgo. Pero, España, madre y madrastra, no ha tenido a bien distinguir con ninguno de sus premios al único bailarín extranjero invitado a la gala por el 50 aniversario del debut de Rudolf Nureyev. Quizás la envidia, el deporte nacional, tenga que ver en ese olvido. Para el gran público –no el balletómano-, Igor Yebra apareció de la mano de una conocidísima presentadora de televisión con la que contrajo matrimonio. Muy discreto con su vida privada, nadie puede negarle el hecho de haber sabido mantenerse en un segundo plano y no haber aprovechado la ventajosa situación derivada de sus nupcias. Probablemente, su precaución y/o recelo con la prensa procede de esa época. En su trato con los periodistas, Igor aparece envuelto en una coraza invisible, muy difícil de penetrar.  Amable, educado y correcto, concede miles de entrevistas en las que no duda en dar más de un titular al periodista. Recientemente, haciendo alarde de su bilbainismo, afirmaba rotundo que Dios era de Bilbao, como queriendo convertir en realidad un viejo chiste sobre la fanfarronería de sus paisanos. Consciente de su atractivo físico, se toma con cierto humor preguntas del estilo de ¿crees que eres guapo?. “Pero, ¿qué les voy a contestar, Iratxe? Si les digo que soy guapo, dirán qué chulo es. Si les digo que no, dirán que eso es falsa modestia. Así que les digo que es cuestión de la genética privilegiada de mis padres”. Dice la Biblia que no sepa tu mano derecha lo que hace tu mano izquierda...

En el caso de Igor, probablemente se desconozcan muchas cosas, pero lo que sí es evidente es su compromiso con la danza. Por él, ha invertido sus ahorros en una ilusión convertida realidad hace un año: su propia escuela de danza en su ciudad natal, con la que comienza ahora su segundo curso escolar. Con una vida nómada y tres hogares –Burdeos, Roma y Bilbao- Igor apura la prodigiosa década de los treinta, mientras danza por todo el mundo, dirige su propia escuela de danza, organiza galas para la Asociación Bilbao Ballet Elkartea (ABBE), etcétera. Con ese espíritu por el trabajo que les inculcó Víctor Ullate, resulta difícil imaginar a Igor sentado de brazos cruzados. La claridad de sus ideas ha marcado la senda de una carrera hecha palmo a palmo, eso sí “a su manera”.

Alicia Amatriain, "Lulú?, oui, c'est moi"

La versatilidad interpretativa es su mejor carta de presentación. Su gran calidad técnica y sus increíbles condiciones físicas le permiten abordan un amplio abanico de roles y registros: desde una clásica Odette hasta una durísima pieza de Itzik Galili, sin ir más lejos. Alicia Amatriain (San Sebastián, 1980), Bailarina Principal del Ballet de Stuttgart, es una figura internacional del ballet exenta de ese manto de divismo que adorna a otras grandes estrellas. Ella es, ante todo, una chica de 27 años cuya profesión es bailar y que, por méritos propios, ha llegado al Olimpo del ballet. Aunque suene a manido tópico, los méritos propios, en este caso, son tan ciertos como que la Tierra es redonda.

 
 

Sin apoyo de becas institucionales, Alicia sólo contó con el respaldo incondicional de su familia. Pero, un buen día, la tortilla dio la vuelta. Años y años después, cuando recibió el Premio Trayectoria Artística 2006 de la Asociación de Profesionales de Danza de Gipuzkoa, el Salón de Plenos del Ayuntamiento donostiarra estaba atestado de jerifaltes políticos. Ese día, Alicia fue lacónica y contundente. Sólo dio las gracias a su familia y a su primer profesor. ¿Qué derecho tenían los políticos a ponerse una medalla por el éxito de alguien a quien no habían apoyado en su formación?

Tenía cuatro años cuando su madre, Mª Jesús, le apuntó a ballet en el Conservatorio Municipal de Danza de San Sebastián, para que no se quedara sola en casa y, sobre todo, para que no tuviera tanta energía. Y hete aquí, que el azar quiso que el hobby se convirtiera en la profesión de la joven Alicia. La disciplina de Peter Brown, combinada con las enseñanzas de Águeda Sarasua, hizo germinar el amor a la danza en la rubia chiquilla. De 1985 a 1994, el matrimonio Brown-Sarasua cimentó una buena base balletística que, unida a sus excepcionales cualidades físicas, determinaron el porvenir de Alicia. Ahora sólo era cuestión de tiempo. Estar en el lugar adecuado en el momento justo. Así fue. Aunque con 12 años, ya le habían hecho el primer guiño desde la Escuela de John Cranko en Stuttgart, no fue hasta dos años después cuando decidió hacer la maleta hacia un país, un idioma y un mundo diferente. La dureza de la Escuela de John Cranko (1995-1998) casi priva a la danza de una de sus estrellas actuales, Alicia Amatriain.

 

A punto estuvo la adolescente Alicia de echar la toalla en más de una ocasión, pero especialmente ella recuerda una en la que tenía hasta el equipaje hecho. Menos mal que madre no hay más que una y que la suya ejerció de buen paño de lágrimas y sosegó el deseo de retorno de la intérprete donostiarra. A partir de ahí, no todo fue un camino de rosas, pero al finalizar la formación, apareció la oportunidad de entrar en el Ballet de Stuttgart. Desde ese momento, empieza la carrera profesional de Alicia, un verdadero ejemplo de bailarina “de la casa”: aprendiz (1998-1999), cuerpo de baile (1999-2000), demisolista (2000-2002) y, finalmente, Bailarina Principal (desde 2002).

“Alicia, la bailarina que nunca fue solista” bien podría ser el título de una novela, pero el caso es que aquí se ajusta a la realidad. Ella lo cuenta con mucha gracia. Necesitaban una Tatiana para “Onegin”, debido al embarazo de su protagonista. El jefe le llamó a su despacho y le comentó que tenía dos noticias: una buena y otra mala. La mala es que no le podía contratar como solista y la buena es que directamente le contrataba como principal. Así, debutó en la máxima categoría del Ballet de Stuttgart con veintidós años. De eso, hace ya un lustro, en el que Alicia ha ido creciendo artísticamente, hasta enloquecer el público alemán.

De hecho, en 2006, recibió el Premio Nuevo Futuro de la ciudad de Essen, una especie de espaldarazo oficial a sus logros profesionales. Se define como una bailarina lírica, pero quizás lo más correcto sería decir versátil. Posee unas bellísimas extensiones y un en dehors prodigiosos. Parecería que se fuera a romper cada vez que supera los 180 grados en su arabesque infinito.

Su histrionismo y vis cómica quedan de manifiesto en el archifamoso “Grand pas de deux” de Christian Spuck, con el que le reclaman en multitud de galas internacionales, porque tiene su mérito bailar bien, pero hacer de Betty, ‘la fea’ y bailar a trompicones tiene una gracia y un mérito difícil de igualar. De hecho, en la 2ª Gala de “Los vascos y la danza”, celebrada el pasado mes de junio, entre cajas, Igor Yebra, director artístico del espectáculo, y sus compañeros Iker Murillo, Solista del Ballet de Zurich, e Itziar Mendizabal, Solista del Ballet de Leipzig, se estaban desternillando tanto o más que el público del Euskalduna cuando le vieron bailar esta pieza.

 

El gran desconocimiento que existe hacia su carrera y éxito profesional ha quedado relativamente paliado este 2007, gracias en parte a la amplia gira que realizó con el Ballet Nacional de Lituania y “El Lago de los Cisnes”, teniendo a Igor Yebra como partenaire. Sin embargo, dentro del mundo del ballet, su nombre incrementa prestigio como un nuevo valor en alza en un mercado bursátil. Coreógrafos como Itzik Galili, Wayne MacGregor, Christian Spuck, Goyo Montero, Dominique Dumais o Jean-Christophe Blavier han creado piezas especialmente para ella.

El aumento de participaciones a galas internacionales o la invitación del English National Ballet también hablan de su pujante ascenso. Pero lejos de caer en la tentación de creerse “la reina del mundo”, como diría Leonardo DiCaprio en “Titanic”, Alicia conserva los pies en la tierra. No en vano, un susto de salud, que le retiró de los escenarios casi un año, le hizo replantearse muchas cosas. Aunque sea capaz de abordar registros artísticos tan variados, fuera del escenario no es más que una chica de veintitantos años y algo tímida ante los medios, para más señas. No le gustan los flashes ni las cámaras, aunque atiende de manera cortés a los periodistas. Tampoco es una mujer de muchas palabras cuando la grabadora tiene el piloto en on.

Cuestión aparte es la Alicia del camerino, del cafecito, de las distancias cortas. Pero, ésa es otra historia.

 

Si hay un papel que le cambió la vida, al menos, la profesional, fue su rol de protagonista de “Lulú”, obra de Christian Spuck. Como reconoce ella misma, Lulú fue un torrente de preguntas de difícil respuesta. Un buen día, harta de tantos melindres, le dijo a Spuck que fuera al grano y que le dijera todo lo que tenía que hacer como Lulú. Tanto se metió en el papel de la atormentada protagonista del ballet de Spuck que obtuvo el reconocimiento como “Bailarina destacada de la temporada 2003-2004”. Un destello de orgullo refulge en sus ojos cuando habla de su creación más preciada. Si algún día se la encuentran, parafraseando a un famoso anuncio de perfume, no duden en preguntarle aquello de “¿Lulú?”, porque seguramente esta rubia donostiarra seguro que contesta con satisfacción “Oui, c’est moi”.

Para fotoescena, ©2007 Iratxe de Arantzibia

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