EL BOSTON BALLET REFRESCA EL AIRE DE MADRID · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · por Elna Matamoros, en exclusiva para fotoescena.

Las imágenes corresponden al estreno en el Teatro Conde Duque de Madrid, el 1 de Agosto de 2007

El Boston Ballet parece haber venido a España para mostrar a los españoles cómo se está bailando en América. Y el que sea un poco espabilado, ha salido escarmentado del teatro.

Ha sido un enorme placer ver una compañía de esta calidad, con tan extraordinaria plantilla de bailarines y con un programa tan deliciosamente escogido. Si además, tenemos en cuenta que van a pasearse por toda España, entonces tenemos que agradecer a quien los ha traído que haya emprendido semejante campaña educativa.

Los dos programas que nos ha presentado la compañía son una estupenda muestra del buen bailar, de su apuesta por dos de los más importantes coreógrafos de la historia y además, de una valentía absoluta. Hace décadas se decía que quien podía bailar Bournonville, podía hacer cualquier cosa; posteriormente se ha dicho que quien pueda interpretar Balanchine, podrá bailarlo todo. El Boston Ballet se ha atrevido con ambos; y para colmo, en una gira de seis semanas justo a la vuelta de sus vacaciones. Con funciones seguidas y mezclando programas, lo que implica cambios permanentes de elencos y hasta estrenos sorpresa, como en cualquier gira larga. La emoción está servida.

Sin embargo ellos parecen muy tranquilos, y viéndoles ensayar y trabajar a diario, es evidente que tienen todo bajo control. Hasta se han traído a la prestigiosa periodista Christine Temin, que está escribiendo un libro sobre la historia de la compañía, para que haga un seguimiento detallado de la gira.  

 

El Programa Balanchine está formado por tres piezas clave del coreógrafo. “Serenade”, “Who Cares?” y “The Four Temperaments”.

Serenade” se estrenó en 1934 y su magia sigue viva desde entonces, en parte gracias también a la partitura (la “Serenata para cuerdas” de Tchaikovsky). Seguramente es la obra de Balanchine que más se ha representado en el mundo (lo que implica, inevitablemente, que también muchas veces la hayamos visto bastante deteriorada), y también una sobre las que más se ha hablado, porque está llena de anécdotas. George Balanchine comenzó a coreografiarla para los alumnos de una School of American Ballet que aún no había cumplido tres meses, así que su obsesión durante el montaje fue “que no se viera lo mal que bailaban”. En esta pieza, que tan sólo intentaba recrear la visión de un grupo de bailarinas a la luz de la luna, muchos han creído ver una indiscutible influencia de la “Chopiniana” de Fokine. Quizás.

Balanchine iría transformando “Serenade” a lo largo de su vida, hasta convertirla en una obra de difícil ejecución, particularmente para el cuerpo de baile. El montaje original apenas duró cinco días, a lo largo de los cuales invariablemente cambiaba el número de alumnos en clase: de ahí la cantidad siempre cambiante de intérpretes en el escenario. El comienzo, con una cifra francamente incómoda para montar – 17 chicas – fue resuelto de un modo simple, al colocarlas con el diseño de las cajas que se utilizaban para transportar las naranjas de California (similar a dos rombos unidos); a partir de ahí, empleó todos los dibujos posibles según iba modificándose también el número de bailarinas. El primer movimiento es un auténtico despliegue creativo que todavía impresiona.

Cualquier anécdota que surgiera durante el montaje era incluida por Balanchine en la coreografía: una chica que llegaba tarde al ensayo y tenía que buscar su lugar entre las compañeras, una bailarina que caía al suelo en una de las salidas del escenario… todo era válido para el coreógrafo. Todo, excepto no estar a la altura de la música. Por eso hasta 1940 – cuando remontó la obra para los Ballets Rusos de Montecarlo – no quiso utilizar el cuarto y último movimiento de la partitura (el conocido como Tema Ruso), que él cambiaría de lugar, dejándolo entre el Vals y la Elegía, para evitar alterar el final original del ballet.

Serenade” es, de todas formas, una obra peligrosa porque al menor descuido se convierte en un festival de fin de curso; especialmente si la compañía no sabe darle el punto justo de estética balanchiniana, lo que no es tan fácil como parece, a pesar de contar con la ayuda de los trajes de Karinska. En el caso del Boston Ballet, la interpretación de todos fue impecable; el cuerpo de baile estuvo perfecto en líneas y en la búsqueda de la igualdad de la diversidad que tanto fascinaba a Balanchine.

 

Las solistas brillaron con precisión y la extrema musicalidad que este ballet necesita, particularmente Kathleen Breen Combes el primer día, y Misa Kuranaga el segundo. Los hombres  - en cualquiera de los elencos - supieron arroparlas sin anular el protagonismo femenino que destila la obra.

Who Cares?” muestra  todo lo que Balanchine fue capaz de absorber de América. Sobre algunas de las canciones más populares de George Gershwin (arregladas y orquestadas por el exquisito Hershy Kay, como también haría con “Union Jack” o “Stars and Stripes”), Balanchine rindió homenaje al Broadway que tanto éxito – y dinero – le aportó a lo largo de su largo periplo americano. Si algo tiene diferente la técnica Balanchine de las demás, es todo lo aportado por el jazz; podríamos ir más lejos: en Balanchine, todo lo que no es Bournonville, es jazz. En los cambios de eje, en los juegos rítmicos, en la estética cool, en las mujeres de piernas eternas… supo Balanchine encontrar algo nuevo que ofrecer a la técnica clásica.

En este ballet sólo echamos de menos el haber podido ver la versión completa en vez de la “suite”, porque las partes de cuerpo de baile, los pasos a dos de las cinco parejas de solistas y el precioso final conjunto son una obra de arte. Pero los tres pasos a dos que disfrutamos y las tres variaciones femeninas (con cualquiera de los elencos) fueron un derroche de técnica y estilo, de forma que consiguieron que la dificultad extrema de estos solos pasara desapercibida.

 

Yuri Yanowsky, como en el James de “La Sylphide” del día siguiente, sólo cumplió, y tanto en uno como en otro ballet hizo que su carácter quedara algo desdibujado junto a las magníficas bailarinas a las que tuvo que enfrentarse. Carlos Molina, sin embargo, fue capaz de imponer su personalidad a la obra, sin dejar que nos perdiéramos recordando a tal o cual bailarín.

Y para cerrar la noche, “The Four Temperaments”; todo un clásico en los ballets de blanco y negro de Balanchine (sí, eso de ballets de blanco y negro también fue idea de Balanchine, y hace más de cuarenta años) estrenado en 1946. Esta partitura de Paul Hindemith fue el primer encargo musical que Balanchine pudo permitirse desde su llegada a los Estados Unidos y al igual que el ballet, se creó en torno a la antigua idea griega de los cuatro caracteres humanos y los cuatro humores que los albergaban: melancólico, sanguíneo, flemático y colérico (que según Hipócrates eran, respectivamente: bilis negra, sangre, flema y bilis amarilla). Con esta obra, Balanchine no sólo inauguró de forma oficial los ballets sin argumento, sino que inundó el escenario de lo que parecía (y fue) una técnica completamente nueva.

Hoy vestidos con ropa de ensayo (los diseños originales desaparecieron tras el estreno) los bailarines pasan una auténtica prueba de fuego. El vencedor de la noche – y casi de la gira completa – fue John Lam, que bailó un Melancólico como pocas veces puede verse, aunque seguido de cerca por el Sanguíneo de Erica Cornejo y Nelson Madrigal. Carlos Molina logró correctísimamente la ambigüedad del Flemático y Kathleen Breen Combes – sin duda una futura estrella – aportó el contrapunto adecuado con su extraordinario Colérico.

El segundo programa – “La Sylphide” – nos transporta a una atmósfera completamente distinta. Este ballet de Bournonville es la pieza romántica por excelencia y prácticamente la única que ha sobrevivido sin alteraciones hasta nuestros días, gracias a la continuidad y el esfuerzo del Ballet Real de Dinamarca. La versión original de Filippo Taglioni – estrenada en 1832, sólo cuatro años antes que la de Bournonville – desapareció por completo pocos años después de su estreno, y la reconstrucción que hizo Pierre Lacotte para la Ópera de París sobre la partitura original de Schneitzoffer tiene más de Lacotte que de Taglioni, lo que a estas alturas no sabemos si es bueno, o malo. Filippo Taglioni no ha pasado a la posteridad precisamente por su talento coreográfico, y el gran triunfo de “La Sylphide” habría que atribuirlo – no lo digo yo, lo dicen los críticos de la época – al argumento, a la espectacular maquinaria escénica...

...de la Ópera de París, y la gracia insuperable y rompedora de Marie Taglioni. Lacotte se basó en las escasas anotaciones del coreógrafo y en el libretto original pero no nos engañemos: casi lo único que se conserva del ballet estrenado en 1832 es el grabado con la escena inicial del ballet. Una de las muchísimas pruebas de ello es la gran profusión de pasos en punta que aparecen en la coreografía de Lacotte y que hubiesen sido totalmente imposibles de ejecutar con las zapatillas de la época.

Bournonville vio “La Sylphide” en París en 1834 e inmediatamente quiso montarlo en Copenhague. Sólo se hizo con el libretto (escrito por el tenor Adolphe Nourrit, con el que tenía gran amistad) ya que la partitura se la encargó a un joven compositor noruego de 19 años: Løvenskjold, que lo revisaría varias veces a lo largo de su vida hasta darle la forma con que ha llegado a nosotros (la partitura de Schneitzoffer no estuvo nunca a la altura del ballet; y de nuevo insisto que no es una apreciación personal, lo dicen los críticos de la época). Bournonville preparó a su joven alumna Lucile Grahn para que lograra acercarse al estilo de la Taglioni, y para él se montó un James bastante más activo que el de Taglioni, y con variaciones equiparables a las de la protagonista: algo sorprendente en el Romanticismo europeo. De hecho, uno de los nombres con los que este ballet ha pasado a la historia en Dinamarca ha sido “La Sílfide y el escocés”. Y desde su estreno en 1836, “La Sylphide” de Bournonville brilló sobre la de Taglioni. Hasta sobrevivirla.

Como es lógico, el Boston Ballet pidió a una danesa que les montará el ballet, y hace dos años Sorella Englund se desplazó hasta allí para trabajar durante meses con la compañía, puliendo hasta el más mínimo detalle. De los dos elencos que se disfrutaron en Madrid, quizás hubiésemos hecho uno perfecto mezclándolos: Lorna Feijóo (La Sílfide), Roman Rykine (James), John Lam (Gurn), Kathleen Breen Combes (Effie) y Elizabeth Olds (Madge) habría sido nuestra elección. Lorna Feijóo hizo una Sílfide maravillosa porque este personaje, que parece muy sencillo, es francamente complejo.

Si técnicamente lo es por tener tantísimos pasos que en la técnica actual se han extinguido (aunque si Bournonville hubiese añadido 32 algos seguidos, quizás habría logrado que la gente se diera cuenta de la dificultad del ballet), en lo interpretativo lo complicado reside en no hacerlo empalagoso, cursi o lánguido. La Sílfide no es nada de eso, y Feijóo fue capaz de mantener una estética romántica (¡hasta sus zapatillas parecían haberse caído de un grabado!) mientras su técnica rezumaba actualidad. En su caso además tiene la dificultad añadida de provenir de una Escuela tan poderosa y específica como la Cubana, que es además la antítesis de Bournonville, y que ella logró que no asomase por ningún lado. Quizás nos hubiese gustado verla con John Lam, si se nos permite soñar más aún. La Sílfide de Erica Cornejo, que debutó en el papel el día siguiente, promete mucho. Sobre todo porque es una bailarina todoterreno, con energía y matices, musical y cuidadosa.

 

En su debut nos hizo recordar mucho a la Sílfide de Trinidad Vives – y por consiguiente a la de Carla Fracci – sobre todo en la primera variación, y cuando pueda ajustar la pantomima con su pareja más adecuadamente (una lesión inesperada de Larissa Ponomarenko anticipó su estreno), su interpretación tendrá el equilibrio adecuado. El cuerpo de baile estuvo ajustado en el estilo, sobre todo en las difíciles escenas de pantomima

El Boston Ballet ha hecho toda una exhibición de material humano y de repertorio. Mikko Nissinen está orgulloso de sus logros desde que llegó a la dirección de la compañía en 2001 y con razón, porque la evolución que ha tenido desde que la vimos, también en el Conde Duque, hace unos años, ha sido espectacular. Y como en casi todas las compañías del mundo, los españoles también se han hecho su hueco. Entre los bailarines encontramos a Yuri Yanowsky (Principal, nada menos) y a Raúl Casasola. Trinidad Vives, madrileña y alumna de Carmina Ocaña, es Adjunta a la Dirección Artística y mano derecha de Nissinen. Además, en la producción de “La Sylphide” han participado dos niñas españolas: Teresa Saavedra, alumna de la Escuela de Anatol Yanowsky y Carmen Delgado de Robles (padres de Yuri) en Las Palmas de Gran Canaria, y Elena Suárez, alumna de Escuela Carmina Ocaña, que hizo el estrenó en Madrid y continuó el resto de la gira con ellos.

Lo curioso de estas funciones tan estupendas es que una parte del público ha salido satisfecha, otra con las orejas gachas tras la reprimenda, y otros – lamentablemente – no se han enterado de nada. Tiempo al tiempo.


para fotoescena © 2007 Elna Matamoros

 

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