'¡DANZAD, DANZAD, BENDITOS!' · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · texto de Víctor M. Burell

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"Hasta cuando quieras, sé que no es lo mismo que hasta cuando puedas"
Fotos © Jesús Vallinas. Prohibida la reproducción total o parcial sin permiso del autor.

 

Mientras pasa el tiempo el diablo danza hasta encontrarnos. Una y otra vez, satisfechos de tener cuerpo todavía, se nos devana el sexo en las muchas madejas del baile, y nos encontramos ante la retahíla de milagros procedentes de los cinco continentes. Seguro que se baila en la atmósfera, bailan las estrellas meteoricamente dejando rastros de su luz, y nosotros, todos soñamos que volamos desafiando la torpe gravidez. Bailamos, ¡bendito sea!, al hacer el amor inconsútil engendrando el misterio de la vida que volverá a danzar en un futuro próximo.

El tiempo no existe al bailar. Pasamos del calor al frío, del sol a la sombra y aún la nieve. Las temporadas se alargan en un rictus interrogante de la materia y el ayer es un hoy mezclado en esa imagen interminable del movimiento.

La memoria se me vuelve al espacio abierto de El Matadero en “Los veranos de la Villa”, donde Saura, con el recuerdo vivo de aquel que desapareció antes de tiempo, hace palidecer la noche hasta diluviar la luz sobre el flamenco de hoy. Flamenco de hoy, de antes y de siempre, abrazado a las fisonomías de los grandes que convocan a Gades, que transitan por el tiempo dando grandeza a lo plebeyo y haciendo de la nobleza, con justicia, un hervidero de sangre popular.

No acababa de venir porque me iba

Todavía hervía el mes de fuego cuando Rafael Amargo abría los Teatros del Canal con “La difícil sencillez”. No dudo de que la sencillez sea el camino más difícil para el arte, sobre todo cuando la incorpora alguien que se ha rendido ya al mundo del espectáculo

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Dejar la orquesta sólo en cuerda necesita de más tensión. El viento, con su majestuosidad y su grandeza, conduce más fácilmente al entusiasmo, pero de pronto, vacíos de protocolo, nos damos cuenta que el corazón es una pequeña caja aunque sus resonancias son inmensas, y si jugamos al YO hemos de hacerlo próximos, recoletos, un poco somnolientos seguramente.

Nueve bailarines y doce músicos llegan solamente en dos ocasiones a unas macro referencias audiovisuales: la crucifixión y el fusilamiento, siendo estas escenas las que, incidiendo sin duda en la emoción, apartan un tanto de la sencillez lorquiana que invade la pieza, sobre todo renovadora.

Pilar Távora, José Luís Montón, Juan Parrilla y Francis Montesinos completan esta nueva propuesta de Rafael, poseedor del aire flamenco que siempre hierve entre la admiración y una crítica desnucada, válida por lo anchuroso de su descontento, lógica por la grandeza de un trazado que ha barrido todos los campos de “lo español” desde que hace ya doce años Amargo creara “La garra y el ángel”, aunque insisto, siempre se trata del bellísimo ángel caído.

El Real pinta en danza

Como habitualmente, el Teatro Real abre sus puertas en septiembre con baile. El patrocinio de la Fundación Loewe permitió la aparición del mítico ballet del Teatro Bolshoi de Moscú.

Espartaco es un personaje semihistórico que tuvo la fuerza de, sometido como esclavo, levantar a los siervos ultrajados contra el inmenso poder de la Roma imperial. Allá por los años cuarenta representaba una imagen fascinante para insistir sobre la lucha contra la tiranía y fue Kachaturian quien compuso (a lo largo de más de 14) una extensa partitura desigual y en gran parte efectista, que sin embargo desde su finalización en 1954 se consideró especialmente bailable.

Después de bastantes cambios nos enfrentamos pues con una versión coreográfica: la de Yuri Grigorovich, que desplegó este fresco de colorido armenio a través de un contenido -a mi juicio demasiado extenso- que necesita de magnitud escénica y bailarines eximios para hacerse íntegramente soportable. El Bolshoi contó con estos dos elementos a través de la escenografía y vestuario de Simón Virsaladze, la extraordinaria dirección musical de Pavel Sorokin (un auténtico especialista en la materia) y cuatro bailarines principales antológicos por el siguiente orden: Ekaterina Shipulina en Aegina, Nina Kaptsova como Frigia y sobre todo Aleksandr Volchkov representando a Craso y el joven e inimaginable Iván Vasiliev bailando un Espartaco sencillamente colosal.

El propio Grigorovich habla de su renovación como liberada de las convenciones escénicas hacia una forma teatral libre a pesar de su rigurosidad.

El poemario de nuestra fibra

Tenía que ser el Ballet Nacional de España el que construyera el tapiz de los recuerdos, el que sacase a la luz los grandes de su estructura de años, el que abanicase a la gloria con los títulos sin decadencia de sus carteles.

El poemario de nuestra fibra, que abraza el mundo sin desgaste, tenía materia como para llenar días y días en su 30 aniversario. Dos programas en los que el despertar acaso fuese a veces luctuoso, nos invadió de emoción y de esperanza para luego, un luego hacia el que debemos caminar sin pausa.

Gades, Pilar López, Antonio, Granero…eran leyenda, fotos sepias que acompañadas de músicas habían hecho imagen del sinfonismo y el flamenco. La gran estructura teatral compaginaba con el drama de la soledad en “Soleá” altiva y popular. Íntima, la forma decantaba la aridez del “martinete” o se explayaba en el horror de la “zambra” o la “farruca”.

Reaparecían, bordados a su estilo, Francisco Velasco, Lola Greco, Maribel Gallardo y sus castañuelas impalpables, la colosal fuerza de Antonio Márquez y la siempre impredecible fascinación de Merche Esmeralda, auténtica tanto en la esquina inconsútil de su flamenco como en el rugido sincero de su Medea donde Jose Antonio colaboró en un Jasón que dijo mucho de la permanencia de los cuerpos.

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Nada más abrirse el telón, Bodas de sangre contó como muy pocas veces se ha contado, un Lorca radiográfico, lacerante, fundamentalista, colosal de hallazgos y con el desprecio más absoluto por la gratuidad. A continuación Ritmos, ejemplar para un conjunto.Cuentos del Guadalquivir, lírica fastuosa sobre un amoroso siestear y Concierto de Aranjuez, farruca de El sombrero de tres picos, Alborada del gracioso, Fantasía galaica, Suite Carpichos, La oración del torero, Romance de luna y la Suite de José Antonio La leyenda, en la que “alegrías”, “rumba” y “seguidilla” cerraban el telón de un Teatro de la Zarzuela enardecido.

Pesadillas goyescas......................................... en el recodo teatral de Jovellanos

"El sueño de la razón produce monstruos" es una idea (una buenísima idea) que Miguel Ángel Berna, el jotero número uno de nuestro país de jota, puso en manos de Luís Olmos (este hombre de teatro que hace tiempo rige artísticamente los destinos de “La Zarzuela”).

Goya es un referente suficiente como para intentar la palabra “atreverse”, quedamos excomulgados por el atrevimiento, o alcanzamos, subidos en el pedestal de uno de los más grandes creadores de la Iberia creativa, un nivel o emocionante o espeluznante, como es el caso presente.

 

Dos Goyas, no ¡tres Goyas!. El que rubrica es el mundo de los majos, en el que la ley de "La Florida" hace pasto de una alegría que tenderá a perderse diciendo adiós al siglo XVIII, el de los retratos de cámara donde la verdad se acerca ya a los sueños y el que, definitivamente, haciéndose subconsciente, aborda la pesadilla siempre legible, que es el que aquí aparece.

Goya, aragonés de pura cepa, ha despertado a Berna (nunca mejor dicho) hacia el prodigio, algunas veces cómico y muchas lacerante, absorbido por las sombras de sus pinturas negras, su animalario cruento y deificante, su blasfemia fundada en lo real. Los grabados (naturalmente negros) se apropian de un viaje por las sombras, nuestras sombras de crueldad donde la muerte es un estremecedor hecho cotidiano, un eczema que nos deforma en el que la lucha de gigantes (Berna, Muraday) nos lleva a las fronteras del odio, ese odio que impulsa a Saturno a devorar sus propios hijos. ¿ Acaso no ocurre eso con frecuencia?

El baile, intacto a pesar de la escena abrasiva, creo que ha sido la realización más personal de la sinpar carrera folk de este otro artista aragonés.

Sorprenderme es casi imposible. Cuando esto sucede debo celebrarlo, descanso, me quito años, vuelvo al terreno de la esperanza tantas veces perdida. También la escena suele estar gastada, incluso la música, tan inconsútil, se asfixia en las reglas de su liturgia al uso, repite lo mismo de la misma forma. Los directores con el piloto automático puesto coordinan a Brhams o a Beethoven hasta dejarlos vacíos de contenido, repitiendo lo que todos conocemos hasta la saciedad bien repantigados en nuestros asientos como mandan las leyes de la buena educación en las que la sorpresa es tan peligrosa que puede provocar una manifestación de la derecha (aunque hoy en día derecha e izquierda sean prácticamente lo mismo).

La “Compañía Dei Furbi”, bajo la dirección de Gemma Beltrán, me ha sorprendido después de los incalificables Hombres de Shakespeare, un juguete de formidable composición que desarrollan, con carácter de danza constante, tres varones que elevan el clown a sus eximios valores perdidos.

La saga de los Enriques y Ricardos manejan la corona como un meteorito disponible y cesante, como una herrumbrosa nota de lo trágico y absurdo del poder y luego A vuestro gusto, La tempestad, Julio César, Hamlet, Otelo, Macbeth, Romeo y Julieta, El mercader de Venecia, El rey Lear, Tito Andrónico y El sueño de una noche de verano se conjugan en un maremágnum conducente al conocimiento en que el humor

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–que tantas veces nos hizo reír abiertamente– lleva a la tragedia y el drama. Yorik es el bastardo que con su calavera desnuda puso broma en la terrible corte de Dinamarca y es el verdadero homenajeado de este triunvirato soberbio de actores que van punteando sus papeles masculinos y femeninos con los recursos más impensables: canto, esgrima, mimo…

Como el teatro isabelino la música acompaña la acción. Dos violonchelistas con Monteverdi, Banchieri, Bartok, Couperín, Gabrieli, Berio y canciones de Shakespeare como recurso, engrandecen la escena tan viva como lo está el Cisne de Stratford.

Toni Vinyals, Óscar Boscch y Robert González (a los que conocí) no se borrarán jamás de mi memoria.

para fotoescena © 2009 Víctor burell

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Agradecimientos:

Miguel Ángel Berna, Rafael Amargo, José Antonio, Javier del Real, Ana Albarillos.

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Fotos © Jesús Vallinas. Prohibida la reproducción total o parcial sin permiso del autor.  
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