'La caja de Pandora' · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · texto de Víctor M. Burell

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"Saber convivir con la soledad es el mejor signo de madurez."
Fotos del Teatro Real - "Lulu", © Javier del Real

Ponerse al día es casi imposible, pero con esta cajón de sastre de la música voy por lo menos a tratarlo, luego, las hojas muertas del último  Festival de Otoño (el próximo ya se trasladará a la primavera) volarán  por mi recinto no dejándome tiempo ni para barrer las ya resecas.

Música, música y música sonó desde hace tiempo, inaugurando temporada, desde en el Teatro Real hasta en el Palacio (dedicándonos el sonido único de sus Stradivarius) y también en ambas salas del Auditorio Nacional (auténtica casa de los que amamos la historia del sonido) o en el Teatro de La Zarzuela, catedral para los ciclos de "lied".

Nada menos que ocho veces fuimos testigos de la gran música en el recinto de Príncipe de Vergara. La plaza de  Rodolfo y Ernesto Haaffter vibró, sobre todo, con la llegada de Ibermúsica, que con sus  ciclos (Arriaga y Barbieri) reunía adeptos suficientes como para llenar prácticamente el recinto.

Todo eran reconocimientos y saludos. El mes de octubre volvía a deslumbrar con sus carteles, yo diría que lo más próximo al Londres ahíto de espectáculos. La Orquesta Nacional y el Coro, también  se constituían en protagonistas de la reapertura, así como el ciclo de Juventudes Musicales o el Sinfónico de Caja Madrid. Año nuevo en definitiva. La Caja de Pandora, abierta, nos casi asfixia para hacernos, en fin, más felices que cansados.

EL MUNDO DE LA VOZ

Una historia de 'femme fatale'

La primera ópera de temporada del Teatro Real ha dejado de ser un escándalo por la variación de moral de nuestro tiempo, pero todavía sorprende por la "terrible" fuerza de su contenido. Lulú reúne las fichas más perversas que puede detentar una mujer y sin embargo no es la perversión su signo. Poseedora de una irresoluble ingenuidad pasa por la vida destruyendo y destruyéndose sin tomar conciencia de sus papeles: esposa infiel, amante exigente, objeto de deseo, fugitiva, prostituta y asesina.

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El mundo del cabaret emerge desde la presentación, ¿un cabaret o un zoo con diversidad de animales que se emparejan más por sexo que por otra cosa?. El amor es deseo, locura incluso incumplida como es el caso de la condesa-víctima. La tragedia prodiga el olor a pólvora destacando a la muerte como única solución.

Lulú, con un lenguaje mucho más actual que Wozzeck (escrita trece años antes por Alban Berg) se basa en dos tragedias de Franck Wedekind (El espíritu de la tierra y La caja de Pandora). Otra vez referenciado el titular nos presenta la terrible realidad del atreverse a levantar la tapa de este ataúd de ideas.

Dura, estilizada y sórdida, a pesar de la luminosidad de su expresionismo, el actual director de escena lo ha entendido como un esqueleto sin carne. Chirstof Loy ha deshecho la madeja presentando el hilo (siempre lo mismo) atendiendo a un total minimalismo. El domador y el forzudo descansan fuera del verbo; pero las ventajas de lo radiográfico quitan verosimilitud incluso al personaje central, que espera a Jack el Destripador con la paciencia que da la ingenuidad.

Bien contada en intenciones (con Agneta Eichenholz en el estelar papel central) el edificio estuvo construido con miles de remiendos. La batuta del célebre Eliahu Inbal deconstruyó la difícil partitura tiritándola hasta la vergüenza, ésa vergüenza que hoy parecen haber perdido muchos nombres en neón.

La OCNE abriendo puertas

El aparato sinfónico rendía homenaje a la apertura del Auditorio, más o menos doscientos (entre orquesta y coro) nos ofrecían un abigarrado escenario con dos solistas además: la maravillosa contralto Anna Larson y la soprano española Isabel Monar.

El edificio sonoro malheriano empezó siendo monumental con esta partitura de más de hora y media de duración. La sinfonía, que desde la "Novena" de Beethoven andaba por otros derroteros, llegó con "Resurrección" (a final de los años ochenta del siglo XIX) a coronar un proceso que se acercaba al "Poema sinfónico" sin llegar al desarrollo de un auténtico programa.

La sinfonía- afirma Mahler- es un todo posibilístico. La confesión tiene mucho de psicoanálisis y la cosmología dará lugar a la enorme ampliación de medios. Estamos ante un universo sinfónico distinto, íntimo a pesar de su aparato y desde luego vario desde aún lo bufo a lo dramático; en definitiva la confesión de un hombre.

Pons presentó así la temporada con valentía aunque los medios excediesen un tanto la disposición de una buena orquesta hoy día, que necesita de más contundencia en la batuta.

La canción, un género para soñar

XVI Ciclo de Lied en el Teatro de La Zarzuela, todo un fenómeno musical a tener en cuenta pese a la repetición de programas y la casi exclusión de canciones de otras latitudes (que no sean alemanas o francesas), entre ellas las de lengua española.

Anne Sophie Von Otter abrió temporada con Daniel Hope (violín). Bengt Forsberg (piano) y Bebe Risenfors (clarinete, acordeón y guitarra). El programa recogía las canciones que "florecieron" - a pesar de- en los campos de exterminio de la Segunda Guerra Mundial. Terecin fue un lugar de privilegiados de la creatividad a orillas de su terrible desaparición. El esfuerzo por vivir engendra incluso optimismos y junto a las ruinas del ghetto un día reiremos, dice Karel Berman, uno de los poquísimos que salió con vida del cautiverio; los otros diez compositores de este programa murieron sacrificados.

El Barón Von Otter luchó por difundir en Suecia estas atrocidades que nunca se reconocieron, ahora, precísamente su hija, recupera estas canciones de miedo, fortaleza y esperanza para que el mundo sepa cómo puede surgir una canción.

Pero si este emocionante recital de la mezzo sueca fue un encuentro con la belleza, el martes 3 de noviembre La Zarzuela daba paso a su mejor exponente de canciones en muchísimo tiempo. Gerald Finley, un barítono canadiense inolvidable, acompañado probablemente por el mejor pianista de la serie (Julius Drake), nos dejó perplejos ante su Dichterliebe, ese "amor de poeta" de Schumann sobre dieciseis poemas de Heine, dichos de una manera agradeciblemente personal en cuanto a tempo e intenciones; para mi un descubrimiento, aunque la segunda parte rebasara todo lo predecible a partir de Ravel (Historias Naturales), Ives y Barber, que constituyeron una primicia para el corazón de cualquiera.

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Musica instrumental

El segundo concierto de la Nacional, inserto dentro de un grupo bautizado como Música y Naturaleza, (continuando con Pons, su titular en el podio), junto a dos piezas de repertorio como la Obertura Der Frzischütz de Carl Maria Von Weber y la Sinfonía nº 4 "Romántica" de Bruckner con su considerable duración (ambas partituras expuestas con nota de aprobado solamente), disfrutamos de una obra realmente mimada, lo que apoyara sus resultados. Se trataba de un encargo de la propia orquesta a Salvador Brotons, que correspondía por tanto al estreno absoluto de la partitura acabada solamente hacía algunos meses.

El Concierto para trompa "Ab origine" tuvo como solista al responsable del encargo. Javier Bonet ocupa un puesto fundamental en la historia de la trompa, ese instrumento rebelde tan pocas veces dominado para elaborar sus inmensas posibilidades de sonido con el grado técnico de sus necesidades. Aquí los tres movimientos del "concierto clásico" se sucedieron en su recorrido histórico desde los orígenes primitivos, donde suena de la profundidad de la caracola marina, hasta la actualidad sofisticada del instrumento de cilindros (la trompa cromática).

El dominio de Bonet de la trompa natural permitió limpio el repaso de las formas barrocas (chacona, giga) lo mismo que el empleo de la infinita "trompa alpina" puso de relieve las posibilidades expresivas de este instrumento de metal.

Desde "Ab origine", pasando por Ciaccona, Cadenza y Giga se rememora el pasado evocando la naturaleza que reaparece después del recorrido a la actualidad con efecto de espejo (dice Stefano Russomanno, el autor de las notas al programa).

El lirismo penetra en la lenta Ciaconna basada en cinco notas solamente. Después de un pasaje dialogado con el oboe de Cadenza solista conduce a la Giga que cierra el concierto de esa manera brillante y eufórica que proviene de la lucha entre lo rítmico y lo lírico combinados con sabiduría.

Muy pocas veces una auténtica lección histórica se convierte como aquí en un tiempo vivido, como si aprender, entender, no fueran obstáculo para gozar

Dos camaras sin camara

Después de Bach el diluvio. El barroco es camerístico, 40 músicos en el caso de Orquesta del siglo XVIII con Frans Brüggen a la cabeza. La "Sala Sinfónica" no mejoró la posible asistencia que no fue la que debiera.

En cuanto al veinte aniversario de la Orquesta Andrés Segovia, dirigida por su concertino Víctor Ambroa con tambien Bach, Mozart, Taramasco y Piazzola, se celebró en la sala pequeña. Sus 32 músicos lo mismo podían haber sido huéspedes de la grande sin detrimento alguno ya que su sonido es formidable.

Ambroa se enfrentó triunfante a la Suite Orquestal nº3 del compositor de Eisenach para seguir enseguida con la exquisita Serenata nº 6 "Notturna" de Mozart y darnos tres hermosas sorpresas en la segunda parte: unas extraordinarias "improvisaciones de jazz"" con Gonzalo Rubalcaba como pianista, Ttyta Qum (candonbé oriental) para piano y orquesta, encargo de la formación que la interpretara para terminar por Invierno porteño y Onda nueve (arreglos de Vidal y Taramasco respectivamente) de Astor Piazzola.

Los calificativos excederían los límites de lo que podría llamarse exhaltación por lo que los dejaremos reducidos al orgullo de tener entre nosotros un grupo, ya con veinte años, que ha alcanzado este poquísimo frecuente nivel.

En cuanto a la temporada de "barrocos" la Orquesta del Siglo XVIII con Brüggen cumplió sobradamente expectativas en un programa sencillamente impresionante: Suites orquestales nº 1 y 3 y Tres Sinfonías de Cantatas con el lucimiento individual de oboes y órgano obligado. Un prodigio.

 

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Tres grandes orquestas y bastante decepcion

Como cada año, la Sinfónica de Madrid abandona el foso del Teatro Real para atender sus "ciclos musicales". El primer concierto de este año celebró con antelación la fiesta de nuestra patrona que terminó con la cena tradicional (reunión de amigos) en el Restaurante Solchaga de la calle Serrano.

Jabugo también para los pentagramas de los tres elegidos (Gombau, Don Quijote velando las armas; R.Strauss, Don Quijote Op. 35 y Dvòrák, Sinfonía nº 8 en Sol mayor) que configuraron el maravilloso aperitivo.

Jesús López Cobos tuvo una tarde importante primando a dos grandes de la orquesta, Dragos Balam, un jovencísimo chelo rumano y Jing Shao, una viola china de extraordinario sonido, que dieron vida a la complicada partitura de Strausss perfectamente descrita. Para el Dvòrák quiero citar a la primera flauta de la "Sinfónica". Pilar Constancio es una de nuestras instrumentistas inolvidables.

Las dos orquestas restantes tienen nombre en el mundo, Filarmónica de Londres a cargo de Christoph von Dohnanyi con Yefin Bronfman en el piano y la Israel Philharmonic con su titular Zubin Metha haciendo en dos días (abonos A y B de Ibermúsica) las cuatro Sinfonías de Brahms por riguroso orden.

Brahms fue el protagonista de ambas instituciones. Dohnanyi, además de un segundo concierto de piano absolutamente memorable, tradujo con una originalidad al servicio del producto la Sinfonía nº3, lo que  me permitiera algunos descubrimientos de equilibrio entre cuerda y metales. Magnífico el chelo de Karen Stephenson para el movimiento lírico como una canción del "Concierto", y genial el concertista.

En cuanto a la extraordinaria formación israelí, todavía más brillante que la orquesta inglesa, me decepcionó en ambas actuaciones. Como un reloj precisísimo tradujo el extrordinario sinfonismo del maestro alemán sin fisuras pero sin imaginación. Metha descansó poniendo el piloto automático (a pesar de la remuneración) y nos dio hasta la Número 4 (algo más viva) un panorama plano y con intereses no en paralelo con las expectativas. Por desgracia así van las cosas.

para fotoescena ©2009 Víctor burell

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Agradecimientos:

Javier del Real

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