Todos sabemos de los difíciles momentos que estamos atravesando. La cultura, hija predilecta de la desidia política, se tambalea más que nunca. Sacar a flote un proyecto es labor de titanes, por eso ya he llamado a otro festival (el de Segovia): "El milagro de los panes y los peces".
Santander, en su mes de adición a la escena, peligrando también, ha desarrollado en su 58 edición un Festival que nos ha dejado gratísimamente sorprendidos. Fresco, distinto y multiforme, ha sazonado mis 14 días de estancia nada menos que con 13 éxitos rotundos a mi juicio.
Habiendo llegado tarde por mis luctuosos días familiares, he disfrutado de las dos salas de "El Palacio" (Argenta y la recuperada Pereda) y cinco maravillosos desplazamientos a los marcos históricos de Gabanzón, Bien Aparecida, Santillana del Mar, Torrelavega y San Vicente de la Barquera, para así gozar de la intimidad de la "pequeña gran música".
Como las famosas anchoas, promocionadas con entusiasmo por la presidencia cántabra, la sal del mundo se ha reunido en un ballet -que persigo- una ópera renacentista, otra contemporánea, tres conciertos sinfónicos memorables, probablemente el mejor coro del mundo, una actualísima obra de teatro, un conjunto de música antigua que desborda los calificativos, otro de folk de Azerbaiján y dos manifestaciones de cinco estrellas prodigadas por dos jóvenes españoles: Luís Fernando Pérez (piano) y Guillermo Pastrana (violonchelo, acompañado en parte por Pedro Gavilán).
Termino por un recital de canciones del barítono Iñaki Fresán y el pianista Juan Antonio Álvarez Parejo y el pinchazo del mes: la Deutscher Kammerorchester Berlín dirigida por Israel Yunon con la violinista Sarah Chang en un monográfico Mendelsohn.
Vamos por partes
Hablar de la Compañía de Antonio Márquez es redundar en la pasión. "Antonio" es un ballet que homenajea al inmenso A. Ruiz con su misma moneda: el seguimiento de su estilo, la abundancia de sus milagros y el respeto hacia lo casi inabordable. El conjunto de jóvenes goza hasta la saciedad con el dibujo de ese argumento en el que Paco Romero (discípulo privilegiado y maestro de maestros) representa una clase, emotiva hasta la lágrima, convirtiéndose en luz ante la que se postra "el baile".
Márquez arrolla, David Sánchez delinea incomparable el mundo de la zapatilla en el que Soler sale reverenciado por García Abril, lo mismo que Sarasate por José Peris. El público totalmente en pie -cosa obsoleta en Santander que tanto ha visto- reclamó las propinas viscerales que convirtieron el aplauso en rugido.
El inmenso talento de Leonardo: Partenope
El genio de Leonardo no necesita de apellidos inundó aquí la creación musical. Con libreto de Stampiglia surge una ópera de pleno barroco, desconocida para la mayoría, que se dedica al mito fundacional de la ciudad de Nápoles tan diferente el resto de Italia y tantos años gobernada por la dinastía española.
Estrenada en el Teatro de San Bartolomé en 1699 (casi cuando en España se asientan también los Borbones) restituye a la sirena griega su lugar en la historia del mito. Intrincado el paisaje de la leyenda nos ha colocado sin embargo ante la representación de algo que, pareciendo perdido, ha salido a la luz por el empeño de un director argentino que circula entre nosotros hace ya más de veinte años llevándonos de sorpresa en sorpresa.
Partenope restituyó al teatro de sus tiempos del "barroco". El decorado (telas pintadas, escenografía de Sánchez Cuerda) acompañando un vestuario, estudiado hasta la saciedad, en el que el lujo era fascinante (Jesús Ruiz), completaron la obra que Gustavo Tambascio llevó a un triunfo masivo tratándose en realidad de una clase "A" para paladares privilegiados.
A la hora de juzgar hay que tener muy en cuenta el formidable estudio que ha precedido a esta recuperación. Los tratados de Ripa y Perruchi, indispensables para penetrar en esta estética, encabezan la labor de titanes que tanto nos sorprendiera no sólo a los amantes de la ópera sino del teatro en general. El reparto de voces, adecuado para mantener la fundamentalidad del edificio, jugó sus papeles ceñidos a la importancia de la preciosista dirección escénica de Tambascio.
Antonio Florio dirigió la Orquesta de la Capella Real della Pietá de Turchini y los movimientos de danza la coreógrafa Yolanda Granado. A tal refinamiento se unieron los jugosos entreactos que -como era costumbre- intercalaban problemas de contemporaneidad, y que ahora naturalmente se trajeron a nuestro entorno con la gracia del "travestido", incomparable actor que con su papel hoy tan al uso da carácter emblemático al trato tan liberal que la homosexualidad recibiera siempre en Nápoles.
Terrible Iván y el sonido de lo ruso
Vladislav Chernonschenko en su visita a Santander dejará noticia y constancia para siempre como enorme figura de la dirección. Dos apariciones, dos éxitos rotundos, espectaculares, únicos. Aunque dejemos para otra página la casi inclasificable aportación del Coro de la Capella de San Petersburgo al Festival.
Iván el terrible, que nació como película de Eiseinstein, se vería de nuevo con la música de Prokofiev, con la que había convivido ya superlativamente en su film anterior Alexander Nevsky, del que todos admiramos la descriptiva partitura. La figura de Iván IV (1530-1584) convive con la Europa renacentista en un momento histórico de enorme movimiento. Los valores del idealismo nacionalista se combinan con la dureza extrema del despotismo para dar un celuloide en dos partes, sacrificado el final por el fallecimiento del cineasta en 1948. Prokofiev moriría cinco años más tarde.
El estilo ritualista del protagonista Nikolai Cherkasov corona la interpretación expresionista de la obra cuyos personajes son incondicionalmente retratados por la cámara del artista.
Dar la proyección gigante como fondo de la música en vivo constituyó un espectáculo único que continuaba la cadena de aciertos comenzada para mí con Márquez y Partenope.
El milagroso movimiento interior de la acción -como lo denomina José Antonio Cantón en sus espléndidas notas- transferido por la batuta a la Orquesta Sinfónica de la Capella y el Coro -que sin temor a errar denominamos como el mejor del mundo- ofreció al narrador (Nikolai Marton) la posibilidad de transportarnos al fantástico mundo sonoro de este oratorio de 24 números con una duración electrizante de algo más de hora y media.
En otro nivel
Aunque guardo una sorpresa, ya anunciada, para la segunda publicación de Santander volviendo a hablar de lo ruso, ahora entro en el segundo concierto de aquellas latitudes, magnífica actuación en general aunque en una dimensión más conocida
La Orquesta Sinfónica "Tchaikovsky" de la Radio de Moscú dio un rendimiento sumamente efectivo en un programa muy suyo. Mandado por un director (Vladimir Fedoseyev) que, a partir del tercer movimiento (Allegro molto vivace) de la obra cumbre del maestro cuyo nombre lleva el conjunto, se significó por la magnificencia de sus componentes acabando en un "Adagio lamentoso" que transfiere todo el dramatismo que da a la Sinfonía Nª 6 en Si menor el sobrenombre de "Patética".
Lo que empieza tibio, en una desconcertante medida que perduró en la especie de vals del "Allegro con gracia", se volvió símbolo del rusismo al atacar en la segunda parte la brillantísima Sinfonía nº 5 en Re menor del hoy controvertido Dimitri Shostakovich, que fuera estrenada en 1937 por el genio de las batutas de la URSS, Yevgueni Mravinski. Desde el principio, digamos que no optimista (lo mismo que el espléndido Largo), la partitura juega al juego exigido por el realismo socialista con el que Stalin asfixiaba a los compositores. Pero detrás de toda la larga composición se destaca la extraordinaria escritura acompañada de una lujosa orquestación que Fedoseyev destacara de una manera sumamente clara.
Un pinchazo del festival
Si tantas veces aceptamos que la falta de calidez del público no responde a la genialidad de lo expuesto, igualmente tenemos que aceptar que su aplauso no esté en paralelo con el fiasco fácilmente analizable. El respetable es una masa incierta que responde más a nombres que a resultados y a facilidad de escucha aún mucho más que a la complejidad de la misma.
La Deutsches Kammerorchester Berlin, con un -por lo visto- triunfante director israelí (Israel Yunon) completó un monográfico Mendelssohn (por el segundo centenario de su nacimiento) con la colaboración de la reconocida y bella violinista Sarah Chang, triunfadora en todo el mundo.
El programa no se salía de lo venturosamente esperado: Concierto para violín y orquesta en Mi menor; Obertura de Las Hébridas, Scherzo y nocturno de la suite del "Sueño de una noche de verano" y, para finalizar, la meridional Sinfonía nº4, Op. 90 "Italiana", la más conocida de su catálogo de cinco.
Primero he de significar que el conjunto, inoportuno, no facilitó el equilibrio de las obras. Completo, el viento acomplejó a la cuerda (6 violines primeros, 4 violonchelos) que renunciaron a su lirismo a pesar del desmelenamiento literal de una batuta desconocedora, desde luego, de las sutilezas mendelsshonianas. La violinista de corto sonido, contagiada del marasmo incluso zapateó el lirismo mágico del "Concierto Op. 6".
Fiasco y decepción; pero esto no importó demasiado dentro de la cadena de éxitos que seguiré analizando en mi segunda crónica, ya que después de unas inevitables ocupaciones en Madrid, volví al FIS que es mi amor veraniego.